miércoles, 1 de septiembre de 2010

EL ÚNICO VOS, EL DE ESOS OJOS






01 septiembre 2010
POEMA PARA EL ÚNICO VOS, EL DE ESOS OJOS

EL ÚNICO VOS, EL DE ESOS OJOS

Los ojos negros se hunden en mí y suelen prenderse con la ternura de una lámpara de aceite tibio titilando bordes de oscuridades, símbolos de derrumbar muros cuándo soy vulnerable a cualquier hora que empieza el alba. Los ojos negros me llevaban por el mundo, por los indios, por los moros, por esa redondez dónde no hay límite de color en la pupilas.
Pero los tuyos son el azul bruto del mar más embravecido y el último celeste de la tarde antes de que se acabe el cielo, antes de girar sobre mis latidos cómo una noria incansable curando mis heridas.
Esa delicia de encontrarme en tu mirada que me hacen volver con la sed de mi propio sudario a empaparme con sólo el rumor del agua tuya.
Esos que me hacen una vez más despertarme con vos y hacer un poema acostado por saber que el sabor del pan sigue siendo el mismo.
Ojos azules, una mañana de estas salpicaré con besos algunos trazos negros detrás de tus pestañas y creeré entonces que estoy dando la vuelta al mundo. Al tuyo y al mío, amor.
Mercedes Sáenz

sábado, 28 de agosto de 2010

SIETE OJOS EN SU LUNA







SIETE OJOS EN SU LUNA




El jardín dormía el pasto blanco de frío. Especula la luz como un viejo trapo sacando lustre apenas por arriba. Hace rato las paredes de la casa hicieron silencio para las hormigas mientras crece verde entre baldosas.
Puntas de pie para mirarse los dientes y el pelo que mucha falta no hace peinarlo. Ignora al perro que atraviesa y deja nomás la puerta abierta. Sale con pantuflas de conejo más grandes que el empeine y envuelve las manos en el camisón. Los ojos algo cansados de mantenerse despierta. A los cuatro años todavía se duerme cuándo se tiene sueño pero no esta noche.
La luna se veía y se paró sobre una silla tropezando un poco con las bocas del conejo. Corrió el pelo para atrás pintando una delicia de coqueteo sin saber. Perfil de niña mirando hacia arriba las velas prendidas tan liviana cómo las sobras huéspedes de esa noche. Ningún contorno quería escapatoria.
Los nombres modernos suenan suaves y se llamaba Abril. Pero así se llamaba.
Bajó a la silla en un sólo movimiento de pincel sin tocar el suelo. Sacó del bolsillo dos tacitas que prolongan besos del color de los corales, dos cucharas chiquititas y en un plato puso dos pancitos de su marca preferida. Los tapó con las manos escondiendo su timidez última
- No los hice yo Luna. ¿Cómo está tu ojo? ¿Te creció un poquito? ¿Cuánto falta? ¿Duele que te crezca un ojo?
La luna mira.
- En el cole nos dijeron que ahí no hay viento. No importa si no tenés pestañas. Pero no me creen que te vi crecer los ojos. Ya conté siete ¿todos miran para este lado? ¿Por qué hace rato que tenés uno suelto? ¿No usas de a dos para ver cómo nosotros?
La luna mira.
Un grito envasado por este siglo de la psicología se oyó desde adentro.
- Estoy tomando el té, mamá. A esta hora ella toma el té y le está creciendo un ojo! No tengo frío! Ya entro. Vos cuándo estás tomando el té no te levantas por nada. Ya entro.
Bajó de la silla obedeciendo a los conejos.
- Te dejo el té y te miro por la ventana luna. No lluevas hasta mañana. ¿La noche que no te vi, no te habrán sacado uno? Y se fue para adentro.
Y la luna mira lo que ve en los contornos de una sola escapatoria.
Mercedes Sáenz

jueves, 26 de agosto de 2010

POEMA DE MIRARTE

POEMA DE MIRARTE 

 El vino busca en la boca inclinada un beso de vidrio color ébano.
 no recuerda el verso 
confunde las lunas
los pies no alcanzan la rueca. 
la ira no es ya tormenta brutal queriendo verse cómo el hombre que –yo- sigo viendo.
un estilete blando marcó los hilos en el tapiz de su cara 
dibujó su tierra 
en dónde palidecen sus dioses oscuros 
en una blancura desmedida. 
Será su último día. 
No existirá mañana. 
Y yo lo miro… 
tiemblo, también en mi copa -creo que quiso mirar allí sus propios latidos- 
me pidió que no lo toque hasta que la muerte lo toque primero. 

 Mercedes Sáenz

domingo, 31 de enero de 2010

ESA VOZ SILENCIOSA






ESA VOZ SILENCIOSA



Quedó a un costado. La línea de su dibujo pareció no haber cambiado cuando llegó conteniendo algunos troncos apretados. Limitaba el espacio con algo de prepotencia. Los pedazos de quebracho colorado, sueltos en su interior, muertos antes de morir de nuevo queriendo escapar seguramente. Mis manos los atrapan, ¿los liberaban? para convertirlos en fuego.
Me miró en silencio largo rato y nunca entendí porque esa debilidad de láminas cruzadas de madera con alambre tenían por un segundo algo parecido a mi piedad. Lo llevé al fondo de las penitencias, al último cuarto dónde queda en suspenso cualquier destino de objetos que parecen inciertos. Ese lugar hace que el imprevisto de algún día les de la posibilidad de convertirlos en un instrumento oportuno o útil.
Intruso en la oscuridad. Los débiles y la fuerza gravitan tanto en cualquier pedazo del día. Lo paré delante de mi esperando en el absurdo un respuesta ante esa fuerza insostenible, casi vanidosa de ostentar fragilidad.
Era un simple cajón de madera, tumba rodante de miserias, corral de basuras, esqueleto portador de alguna necesidad. Y yo tenía el fuego prendido. Y ese mismo fuego que no postergó la paciencia del hombre para aprender, que se hace tibio o arrasador. El mismo que convertía en santos a los pensadores en una parte de la tierra. Hombres y mujeres de fuego devorados por los palos encendidos. El fuego que cuando se tiene en el pecho gravita en cualquier parte del día. Y lo abracé. Lo barnicé de capas color tierra para que nunca muera. Y me mira, vacío, sin comprender.
Mercedes Sáenz

miércoles, 2 de septiembre de 2009

POR HOY, SÓLO POR HOY

POR HOY, SÓLO POR HOY


Era mi vecino. Costado izquierdo de la medianera
Dejó el camión en el lado oscuro de la calle. Se bajó despacio, me miró a las cejas no a los ojos, e inclinó su cabeza.
Con el golpe de la puerta y el motor en marcha cayeron desde el techo algunas hojas pegadas por la lluvia y el viento de hace un rato, desplazo un ruido con la nariz en lentitud lasciva y un chasquido leve de una bahía de whisky en la boca, (parecía el primer hombre queriendo decir palabras).
Escondió la cara y el olor a rancio. Se olía igual
- Sólo por hoy voy a seguir bebiendo, sólo por hoy.
De un cuerpo sensato colgaban brazos con tatuajes simétricos, dos absurdos presagios de un feliz futuro. Una diosa madre y una diosa niña que sólo las vi sobre su piel.
Hice un saludo tonto, ni aliviador siquiera, un murmullo forzado (último rehén de mi boca, último cuándo ya no se sabe que decir) y quedó cómo si pudiera tocarlo, un fuerte olor a kerosene en el aire.
Volvió a subirse al camión. Es algo que puedo decir aunque no mirara.

Un susto de frente abrazó mi cara, un fogonazo naranja y tremendo.

Conceder, conceder hasta cuándo. Quién le habrá enseñado que todo mal puede ser finito nutrido siempre por la paciencia. Quién le habrá enseñado a no darse por vencido.

Por un segundo pensé que un ángel color mandarina vino a llevarse todo. Después la calle quedó azul sólo de mirarla tanto.

Mercedes Sáenz

viernes, 14 de agosto de 2009

HOMENAJE EN VIDA

HOMENAJE EN VIDA

Hace varios años, corrí una carrera atípica, por la distancia, eran 30 Km, tres vueltas al Jockey Club de San Isidro. En general, salvo algunas veces que fueron a verme participar, es una actividad bastante solitaria, uno va con su remera, corre solo, a su ritmo, y se vuelve silbando bajito. En esta ocasión, que les cuento, cuando hago la primera pasada por una de las puertas del Club, la veo sentada a la vieja, (la nuestra), en el cordón de la vereda. Termino este breve relato. No hubo carteles, banderas, ni mucho menos besos ni abrazos, pero como díjo el sabio de Justo, no le pídan que hable, pero en cada vuelta que pasaba, seguía sentadita ahi.
DALMIRO SÁENZ (h)

miércoles, 3 de junio de 2009

ÁRBOL EQUIVOCADO


ÁRBOL EQUIVOCADO



Intento evocar lo que me oculto.
Un hambre harapiento de palabras,
la derrota que no entiendo,
de no sé qué guerras.

Invisible, invisible
el árbol de Diana me hace sombra
(tanta transparencia).

Me quito mi propio sudario
un hueco oscuro de pasillos
(no hay palabras, no hay despojos)

Era un almendro, creo,
uno que me miraba carey y en un solo tal vez,
algo sombrío.

Mercedes Sáenz