martes, 26 de julio de 2022



HOMENAJE EN VIDA





Hace varios años, corrí una carrera atípica, por la distancia, eran 30 Km, tres vueltas al Jockey Club de San Isidro. En general, salvo algunas veces que fueron a verme participar, es una actividad bastante solitaria, uno va con su remera, corre solo, a su ritmo, y se vuelve silbando bajito. En esta ocasión, que les cuento, cuando hago la primera pasada por una de las puertas del Club, la veo sentada a la vieja, (la nuestra), en el cordón de la vereda. Termino este breve relato. No hubo carteles, banderas, ni mucho menos besos ni abrazos, pero como díjo el sabio de Justo, no le pídan que hable, pero en cada vuelta que pasaba, seguía sentadita ahi.
DALMIRO SÁENZ (h)

viernes, 30 de abril de 2021

INSOMNIO

 INSOMNIO



Una noche tiré piedras a un vacío

caminé con un palito dibujando la tierra

(palabra que la tierra reza )

hice en el aire paredes de algodón y tiza

(la luna mareaba el agua)

y vos seguías ahí

con silencio de baldosas

muriendo en la vereda.

¿No te cansa resbalar sobre mi cada noche?

perfilar el declive de mi cara sin luz hasta mi boca

espiar la abertura de los ojos

tocar mi pelo

soplando negro suave

como si quisieras seducirme.

Creo que ya te amigo,

en esas noches de segundos largos.

Si vas a seducirme,

acompañame, 

adiviname 

en silencio ciego

tu secreto de azúcar,

tu intimidad leve y 

mañana…

déjame dormir.

Mercedes Sáenz

lunes, 28 de diciembre de 2020

 MULA POR CABALLO

CUADRO DE MARCELA BAUBEAU DE SECONDIGNÉ
Le converso Tata cómo todas las navidades, cambiando un poco a veces el tono, porque después del seis de enero es para empezar si usted lo dispone, otra vez la vida de vuelta.
Yo sé que Usted anda por tantas partes con tanto por hacer especialmente en estos pagos, que creo que si le hablo también es una manera de que se acuerde, que se le haga más fácil.
Eran tiempos en que los colores de las montañas aún no se habían bajado de mis ojos, muy al sur desde dónde usted mira el mundo. Era nómade en ese entonces. Supe de tener familia pero la tierra brava suele llevarse hasta eso. Y ha quedado arropada cómo se pudo con una cruz hecha de piedra. La piedra que usted hizo no suele moverse, salvo que el golpazo venga desde muy abajo y todo tiemble. Las piedras le hacen caso… sólo a Usted le tienen miedo.
Es cuándo solo uno se siente bastardo, cómo si no lo hubiera parido esta tierra. Me sobra espacio para escapar, pero ya debe de saber usted que no son mis ganas.
-¿Se acuerda de mi rancho Santo Dios? Es sólo un cuadrado pero con la modernidad de que el baño hace ya dos años que lo hice adentro.
El piso es de tierra, pero no es por no haber querido ponerle piedras. Cuándo estiro las piernas porque empieza a endurecerse mi espalda (no ensucio las alpargatas), es la forma que tengo en estos fríos de poder estar descalzo.
Voy a pedirle lo mismo que todos los años, que los álamos no se caigan, que no se me nublen los ojos cuándo esquilo las ovejas, que no me enoje tanto cuándo el viento me envuelve cómo si fuera a llevarme para los cielos suyos, porque creo que todavía tengo mi cielo acá mientras pueda mirarlo.
Que la próxima vez que vaya hasta el pueblo estén los que estaban y si usted puede, que a ninguno le falte nadie.
Hoy hice todo temprano. ¿Me vio cortando la leña mucho antes del sol? Traje el agua para el baño y preparé la comida.
Elegí quedarme en un rancho al borde de un río color pupila, que toma con los ojos todos los colores que conozco, y así cerquita del suelo puedo verlo, amable y caprichoso, no se va de dónde lo pusieron.
Sé que está soplando el viento, pasa por debajo de la línea de mi puerta. Mueve apenas la tierra del piso.
Como todos los años voy a empezar a empilcharme para su fiesta. La camisa blanca no envejece porque suele tener siempre alguna prenda encima. Las alpargatas recién lavaditas… Los pantalones que son mi lujo, renegridos de un principio, sí van goteando tiempo. Sabía vestirme en la época de los ingleses pero ahora alrededor del cuello uso algo más tibio, que lo sienta más tibio.
En mis épocas de ayudante en los ferrocarriles, estudiaba pero aprendía poco, no pasé ni el yes, que se los decía con la cabeza, para arriba o para los costados.
Ya pasé por muchos años y nunca me amigó la política, ni las componendas y más de una vez me han hecho pasar por zonzo, decían que ni amigos tenía, pero yo sabía, que Usted estaba.
Acepté siempre lo que me dio cómo lo da un amigo y lo que no me ha venido sabrá usted de sabio nomás.
La cacerola de hierro pesado está quieta sobre un enrejado, tapada cómo si guardara secretos... como si otras manos la hubieran llenado.
Solía tirar arriba del fuego alguna que otra cosa de carne pero mi perro hasta sabe llevarse el pescado. Nunca pude pegarle porque es en lo único que no obedece
Me han quedado pocas cosas de mis otras vidas, de las que alguna vez me hicieron estudiar casi a los golpes. Pero el catecismo me lo enseñaba mi vieja en unos libros chiquitos de colores y dibujos, más dibujos que letras y ella decía siempre que cada navidad uno nacía de nuevo para volverse más bueno.
Ya se hace la nochecita.
Me voy entonces a buscarlos, al chiflido nomás me siguen a paso corto. La más difícil de entrar es la mula, que siempre desconfía al pasar por mi puerta y algún par de pataditas tira, casi de saludo nomás, porque no le pega ni al barro de las paredes. La vaca y la oveja son dos niñas parecidas a las que alguna vez vi en alguna estación de tren, caminan pegaditas ignorando sus ancas cómo las niñas que tapan sus caderas con vestidos de telas generosas.
Mucho tiempo me llevó acostumbrarlas para no pasar la noche de Navidad solo.
Tata, acá no puedo armar un árbol.
A cuarenta leguas tengo el pueblo más cercano y el carro cuándo me lleva si usted viera la cara al caballo… Parece que no me mirara por dos días después.
En estos tiempos más se enoja porque hago entrar a los otros animales dentro del rancho pero en su pesebre me dijeron que no había caballos.
La mula anda media vieja ya, quería preguntarle si en caso de que el año que viene me faltara, usted me daría permiso para que entre el caballo. Lo empiezo a acostumbrar cuándo haga frío y en caso de necesitarlo... Digo, es lo más parecido, la mula no voy a poder cambiarla por otra, pero un caballo tal vez sí.
Paso la noche en la silla grande, con guitarra y un vino muy largo que hace luces contra las brasas y es lo que quedo mirando cuándo los animales ya se ubicaron quietos.
Eso de acostarme en la cama sería una irreverencia al pesebre de cuándo usted era niño. Velas se suele tener en estos lugares y ya las dispongo cerquita de la virgen mía. Me perdonará seguro si se acaban antes de las luces que por horas me dibuja el vino. Eso me hamaca en recuerdos, les hablo un poco bajito a los pobres animales cuando ya les saturó el canto.
Ya se hace la nochecita, voy a echar un silbido largo.
En realidad que le voy a andar con vueltas mi querido Santo Dios.
Usted ya sabe que la mula más temprano la he visto tiesa y que con su permiso voy a demorarme un poquito porque voy a tratar de hacer entrar al caballo.
Se hace la nochecita pero le juro, que hasta dentro del rancho, todo se hace más oscuro.
Mercedes Sáenz
La imagen puede contener: dibujo
Maria Cristina De la Cruz, Jose Lopez y 1 persona más
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domingo, 13 de diciembre de 2020

 

DECIR CÓMO, DECIR QUÉ

 DECIR CÓMO, DECIR QUÉ




 





Atendía su consultorio con esmero y un cierto grado de alegría. Era psicóloga y se llamaba Andrea.
Por las noches se sentaba en una silla sola frente a un público numeroso y esperaba que creciera el silencio absoluto y entonces desde esa silla, iluminada por una lámpara derecho a su cabeza, se separaba el pelo en hermosas colinas que descendían sobre su cara como un torrente de agua incierta, y se convertía en la imagen de lo que estaba dispuesta a contar.
Música, sonido del viento, olores, tristeza y alegría, cabían debajo de sus párpados, al cerrarse o al abrirse o al dejarlos quietos como dos mariposas de arena.
En sus narraciones podía llevarte a un pequeño pueblo de Turquía, descalza por el sur argentino o marearte en un barco holandés,
Desde la misma silla podía ser una inmigrante con un vestido gris esperando en Retiro que la pasen a buscar, las piernas cruzadas y las manos escondiendo todas las expectativas sobre sus faldas.
Si se ponía de pié podía ser una estatua perfecta. Si osaba mover los brazos, era como un flamenco sobre el agua plateada. Tremenda la dignidad de su cuello, para ser un perfil que duraba sólo unos segundos.
Algunas de sus historias eran de autores famosos o no, de las Mil y una Noches, de gente que esperaba en el subte o de amores que volaban y morían.
Una noche yo fui sola. Tenía ante mí una copa de buen vino que convidaba la casa. No la toque por no romper el juego de luces que había sobre ella, siempre pensé en el vino tinto cómo la sangre y el en vino blanco, lágrimas.
Esa noche, Andrea con una copa de vidrio en la mano contó una historia árabe de las más sugestivas que oí en mi vida y un aplauso insistente y continuo provocó que algunos reflectores se prendieran.
Ella no se movió agradeciendo al público que estaba casi todo de pié. Giró lentamente su cabeza hacia la izquierda y una luz indecisa la iluminó levemente amarilla. Brillaba su pelo pero sobre nosotros el silencio negro.
Su cara, mezcla de cera e incienso, como una virgen legendaria.
-Viene a cuento- dijo lentamente, levantó las manos y las cruzó como una paloma sobre su pecho. No movió sus párpados y dos lágrimas gruesas le cayeron de los ojos. Miró fijamente un sólo lugar y dijo con ternura-
- Yo tenía un amor que se llamaba Javier…

Sólo de unas de sus manos salía sangre cada vez más roja que entraba por la manga negra de su vestido y se deslizaba por sus dedos con una lenta velocidad maldita.
Estoy muriendo por la mitad- dijo sin bajar la cabeza.
Nadie se movió.
Era una estatua doblada en dos cómo un libro, la curva de su espalda una línea recta y ahora la sangre corría por sus piernas.
La cara de Andrea desaparecía en capas transparentes. Y sus ojos cerrados. Su brazo, el del tajo alevosamente abierto, quedó suspendido en el aire como un adiós imperceptible, como si de un bote tocara el agua con la punta de los dedos. Con algún Javier, supongo, salieron de la luz y de mí para siempre.
No me moví ni tomé la copa de vino. Cuándo pude levantarme supe que cómo un ciego para siempre llevaría esas voces conmigo.

Mercedes Sáenz


sábado, 29 de agosto de 2020

HUÉSPED QUE NO AVISA

 


HUÉSPED QUE NO AVISA

HUÉSPED QUE NO AVISA




Amanecerás de nuevo,

sin ninguna palabra.

transparente

cómo una lámina de aire que puede doblarse.

cómo un absurdo inútil sin forma.

Impiadosa hacia mí

me miras

con un versículo en un ojo

que mi fe desconoce.

y te miro, tristeza,

cómo un mojado cartón,

una montaña invisible

que no modifica

ninguna escena.

Es un ruego tal vez

que des vuelta la silla,

ya soy testigo de mí

inventando nombre a las fisuras.

Él me ha perdido

pero en cada quebradura

él sigue ahí,

dónde los huesos queman

porque ha mordido el dolor

todo lo blando

sin detenerse, sin distinguir.

Si no te vas, no me mires al menos,

la silla esa es mía.


Mercedes Sáenz


viernes, 21 de agosto de 2020

PUCHA QUE SOMOS SONSOS

 


PUCHA QUE SOMOS SONSOS


El mate al costado del agua

hace larga la tarde

vuelo con las garzas de este río y el sol

quebrado entre sus alas abiertas.

Me sale decir

aunque no sea decirte

pucha que somos sonsos hermano

es una pena

cuando la terquedad y el orgullo

se mezclan antes que cualquier yerba

y se toma a sorbos lentos

como si no existiera el agua pura.


Pucha que somos sonsos

ni lástima ni tristeza

pena, eso es.


SOPLIDO

 

           SOPLIDO


           no buscaba tu primera forma,

           como la astucia del agua y el sediento

           no la sabía,

          Tu soplido en mis párpados

          es despertarse feliz,

          puede no saberse de murciélagos

          (tontos ángeles negros)

          me imaginan amores

          y no es nuevo tu amor.

          como cualquiera

         cualquier día

         por cualquier calle,

        no es nuevo tu amor,

        te amo tanto nuevo

        como ese leve soplido en mis ojos

        en mis vitrales oscuros tatuados por el miedo.


        Mercedes Sáenz


sábado, 15 de agosto de 2020

LÁSTIMA NO, TRISTEZA

El título está sacado de un diálogo de "La Tregua" del inolvidable Mario Benedetti



LÁSTIMA NO, TRISTEZA



Yo pasaba por tus veredas, por la ventana del vidrio del lugar dónde te sentabas, empapada tu mesa de papeles del mundo. Alguna vez con mi vergüenza me invitabas a tomar café a tu mesa para ver cómo iban mis escritos y me dabas aliento y opiniones y yo salía feliz a tratar de hacer lo que en pocos segundos me decías. Otras veces la gente te rodeaba con un zumbido de abejorro rey y las reinas no dejaban ni siquiera que se te viera la cara y tu mano levantaba un saludo para mí que me era el día.
Seguía tus escritos, todos, y trataba de imaginar en que entorno escribías sobre tantas cosas que yo leía sólo por ser tuyas. A veces tratando sólo de entenderte.
La admiración no es poca cosa cuando la paciencia la sostiene. Y podía esperar toda una tarde por un gesto o por una palabra. Y hay un cariño que se cree porque a uno le hace falta, lo contiene y le da fuerza y confianza. Pero la edad es una distancia, cómo la mesa, cómo el horario, cómo las ocupaciones, cómo ser diminutivo ante semejante mayúscula.
Seguís en la misma mesa y yo compro todo lo que escribís y lo leo y también lo guardo.
Sola estoy ahora para escribir lo mío y extraño la mano que hubiera estado sobre mi hombro, el reto ofuscado por un final impreciso de mis historias, la mirada larga de ojos buenos diciendo lo más suave posible por dónde había que corregir. Extraño y creo que eso también es parte de lo que me enseñaste. Es una lástima pensé, pero en realidad lo que sentí es una gran tristeza porque yo vuelvo cada tanto a las mismas mesas y sabía que un día no te encontraría.

Mercedes Sáenz

jueves, 7 de julio de 2011

TABAS

TABAS



Su infancia fue toda en el campo pero desde chico la desobediencia fue lo que mejor hacía. Nunca se puso bombacha ni chambergo, ni botas ni alpargatas. Su caballo era un jeep viejo y su sol no era diana a las cinco. Sus ojos de aguilucho insertados disimuladamente en su cara reconocían cualquier cosa que sucediera en el campo antes que cualquier baqueano.
La tradición no se rompe decía su tata y el castigo fue mandarlo a estudiar mucho más lejos que Buenos Aires. Y se llevó las tabas. Las figuritas se daban vuelta, caían de canto o desaparecían. Le burlaban el cara y ceca de los astrágalos de vaca.

Estaban a prudente distancia una de la otra en una biblioteca lustrosa, algunas cubiertas con barniz, otras pintadas con cera o con aceites. Pero una estaba cómo la dejó la tierra. El hueso pelado contra el viento y el agua, resistiendo un tanto a las narices insistidoras que buscaban carne.
Cada vez que la curiosidad de una mano se alargaba, aunque sólo el índice las rozara, cada quién que las tocara le hacía saltar su corazón cómo una hembra defendiendo sus crías de un lobo malo. Cada mano extraña le era brutal, desgarraba su historia rompiendo cómo al arqueólogo la tierra con un trépano. Y no decía nada, esperando que algún día una mano sola del otro lado del potrero las tocara

Años de camisa y corbata y el saco colgado en sillas de colegio inglés que también sabían hacer estudiar la tierra en un idioma que rápido dejó de ser extraño, pero le carraspeaba la garganta por ausencia de mate y bombilla.
Mandó los bultos, los libros nuevos, los archivos de computadora, todo lo que pudiera llegar a su casa antes de que él lo hiciera.

Volvió con atuendo citadino y antes de llegar a los pagos se vistió, casi de fiesta. Lustrosas las botas y la camisa más blanca. Rastra de plata buena, chaleco y bombachas de gaucho. Se anudó el pañuelo bien rojo al cuello para tapar cómo sangre seca el llanto.
Entró al escritorio de la biblioteca brillosa y allí estaban. Las tabas y un dedo índice de mujer suave se paseaba por ellas. El amor de toda su vida, de toda su vida, la del otro lado del potrero.
Apenas se dio vuelta le volvieron los ojos tan negros y el pelo a incrustarse derecho al corazón cómo cuchillo que acierta dónde.
- Me aprendí la palabra Tomás. Dicen que ahora a las tabas les decís astrágalos. Te han pintado feo Tomás, te han pintado feo. ¿Dónde has visto que las tabas tengan pintura?
En un giro lo abrazó hasta la espalda haciendo un solo pecho y le inclinó la cabeza en el hombro. La boca ya hablaba sobre la piel rozando el pañuelo.
- Sacate esa ropa Tomás. Tu tata se murió ayer y a mi me da lo mismo cómo digas, cómo hagas

Mercedes Sáenz

domingo, 15 de mayo de 2011

AMANECIERON LUNAS


AMANECIERON LUNAS




Espero los últimos oscuros para ver, antes de empezar a escribir.
Vienen por aquí inventando horizontes por dónde asomar, arriba de los vértices visibles.
Sombras de pájaros (que habitan con pocos hombres) acarician el vidrio de perfil, a la silla de hierro algo torcida que ha quedado más lejos, asoman, con saltos pequeños como las ramas punta de un árbol a las tejas.
Y vuelven a juntarse todos los pedacitos para volverse una sola luna.
Y aprieto los ojos fuerte cómo una única reverencia porque después de eso se va. Y mis pies se van del cielo y se abre la puerta para llevarme a una silla y a la primera taza de café, antes de escribir, después de hacerme feliz.

Mercedes Sáenz

jueves, 14 de abril de 2011

MARITA RAGOZZA DE MANDRINI






De izq.a der.: Mirna Celis, la autora, Arquitecto Podestá , vice-presidente del Círculo de Escritores de Pehuajó y Estaban Fauret, Presidente del Círculo de Escritores de Pehuajó


“VELOS Y DESVELOS “

de

MARITA RAGOZZA DE MANDRINI

http://avesdelcielo-espiritualidadenlared.blogspot.com/

Obra de la escritora y artista plástica MIRNA CELIS titulada “El vuelo de las monarcas”. Las mariposas monarcas tiene la magia que los aborígenes del Amazonas les confieren como sanadoras. Es decir, si se les pide un deseo, hacen que éste se cumpla.

Mis poemas ascienden

con deseos de amor y paz,

las monarcas los dibujan en el cielo

en coreografía de velos y desvelos.


PRESENTACIÓN



El día 8 de Abril del corriente año se presentó el tercer libro personal de MARITA RAGOZZA DE MANDRINI, titulado “Velos y desvelos”, con obra de tapa perteneciente a la artista Mirna Celis, con prólogo de la Directora de Iflac Argentina y Sudamérica, Lic. María Cristina Azcona, con comentarios en solapas de Rafael Salemme, Ernesto Kahan, Andrés Aldao, Susana Roberts y María Eugenia Caseiro.



La autora mantuvo su temática de escritura respecto a los valores humanos, y si bien la mayoría son poemas, incluyó en su nuevo libro narraciones breves donde despliega su fantasía.



Tiene poemas de su fe católica, sobre la paz y la sociedad y sobre el dolor, la vida y los sueños.



En su presentación, Marita Ragozza de Mandrini, como es su actitud habitual, se refirió especialmente sobre la paz y la armonía, designando y preconizando las personalidades de sus maestros y mentores del Foro Internacional de Literatura y Cultura por la Paz, Dra. Ada Aharoni, Dr. Ernesto Kahan, Licenciada María Cristina Azcona y Dra. Susana Roberts.



Fue una velada de gran acompañamiento, desde lo cercano, por su esposo, su profesora de inglés, sus compañeras de promoción del secundario, sus profesoras, amigos y vecinos, sus pares del Círculo de Escritores de Pehuajó.



Y como lo dijera Marita, desde la distancia, su hija que le había enviado una lapicera especial para la firma de ejemplares, sus escritores amigos, especialmente desde las Entidades IFLAC (Foro Internacional de Literatura y Cultura por la Paz), de UHE (Unión Hispanoamericana de Escritores) y de la Fundación Literaria Argentina.



La presentación se realizó en la Biblioteca Popular Bernardino Rivadavia, ámbito especial y una casa muy querida por la escritora quien, además de estar siempre cerca, integró comisiones directivas en la misma.



MARITA RAGOZZA recordó a los presentes que la Biblioteca Popular Bernardino Rivadavia – siendo ella su Secretaria- se realizaron las gestiones para la visita a Pehuajó en la Feria del Libro 2004 de la Lic. María Cristina Azcona y su señor padre, Dr. Alberto E. Azcona, destacando sus medulosas e interesantes conferencias, como los cuentos ambientados en la pampa bonaerense.



La escritora firmó ejemplares y recibió las felicitaciones de sus pares, familia y amigos.

PEHUAJÓ, 12 de Abril de 2011

domingo, 12 de diciembre de 2010

DOMINGO DE LLUVIA

DOMINGO DE LLUVIA


junté unas letras
tempranísimo

a las seis y veinte ya
después del segundo desayuno

llovía sobre mi domingo
y sobre las lomas
y sobre mi río.

junté unas letras
para decirte
aún medio dormido
ya te extraño amor

tan pronto

nada cómo tanto más que eso.

Mercedes Sáenz

domingo, 28 de noviembre de 2010

PERICLES DE ATENAS DE LAURA ELIZALDE



PERICLES DE ATENAS de LAURA ELIZALDE

Muy claro es que nada sé especialmente de las cosas que me apasionan. Por lo tanto voy a escribir esto sin saber absolutamente nada.
Muchos libros leí dos veces en mi vida, de forma inmediata, salteado por partes, por impulsos amigos que me hacen llegar de nuevo a páginas que de alguna manera guardó mi frágil memoria.
Es una necesidad leer dos veces, mi ignorancia apura el diccionario, la impaciencia –ya no es sólo mía, es toda - compite conmigo sin piedad para aquietar las preguntas filo o leves, agudas o esdrújulas que comparten conmigo los libros.
Me apasiona atravesar la oscuridad de un túnel, no importa ni su tiempo ni su largo. Pericles de Atenas de Laura Elizalde es un todo luz, toda luz que no se termina en la contratapa. Persona y personaje claramente definidos en una novela que no da tregua en esa parte de la historia de Grecia que desde siempre se llevó todos mis sentidos.
Hice primero un bosquejo de lo que me importaba en cada capítulo y terminaba el rato o el día con una serie de anotaciones que no hacían otra cosa que repetir lo que ya estaba escrito por Laura Elizalde.
Pericles de Atenas conjuga la maravillosa dualidad de la filosofía, sin perder jamás el hierro y terciopelo que lo sostienen con tanta poesía.
Si es todo lo que fue, no lo sé.
Sí sé que en Pericles de Atenas existen otros millones de colores en el mundo como jamás los había leído.

Mercedes Sáenz

miércoles, 24 de noviembre de 2010

TEMBLAR





TEMBLAR


En un asiento de cemento de esos mudos sin respuesta me senté liviana, creo que por eso me sentí transparente. Era el azúcar en el fondo de una taza de un café incierto, sin cucharas. Era una vez una niña mirando la oscuridad de un hueco. Era la minúscula parte del tallo que no se mira. Era la forma indescifrable, la escurridiza consistencia de lo que no puede retenerse ni con los sentidos.

Siempre veo pasar el gato de un poeta que amo cuándo estoy por decir algo.

¿Alguien contó mis días? ¿Alguien supo de mi? ¿Alguien cantó mis letras?

Nunca tuve una consagración de mi, ni con los miles de sacramentos, por más que haya peregrinado cada noche de lágrimas que duraban un grito.

Siempre veo pasar el gato de un poeta que amo cuándo estoy por decir algo.

Anoche, antes de temblar tres veces, renegué de mi, bajo tu cuerpo y desde tu abrazo.

El gato silencioso de Charly B. pasó cerca cómo el segundo de una caricia. Y por primera vez pude saberme aunque no fuese definitivamente. ■


Mercedes Sáenz

lunes, 15 de noviembre de 2010

PUCHA QUE SOMOS SONSOS

PUCHA QUE SOMOS SONSOS

El mate al costado del agua
hace larga la tarde
vuelo con las garzas de este río y el sol
quebrado entre sus alas abiertas.
Me sale decir
aunque no sea decirte
pucha que somos sonsos hermano
es una pena
cuando la terquedad y el orgullo
se mezclan antes que cualquier yerba
y se toma a sorbos lentos
como si no existiera el agua pura.

Pucha que somos sonsos
ni lástima ni tristeza
pena, eso es.


Mercedes Sáenz

domingo, 26 de septiembre de 2010

LA ÚLTIMA TARDE

LA ÚLTIMA TARDE


Se cruzó de piernas cómo suele hacerlo. Un ruido imperceptible desvió sus ojos, el cigarrillo cómo un insecto pesado voló del cenicero. Lo tomó con las brazas mirando hacia él. Ese lo apagó para siempre.
Se levantó de escribir y salió a despedir y una leve tarde la que se iba húmeda en pasto.
No gravitaban los colores en esos círculos que parecen jugar silbando en el cielo con un resto de luz, no decían nada.
Bueno, hoy nada.
Hoy, las letras se deslizaban por el camino del desconcierto, enfilaban para algún lado para no detenerse en el humo de la pipa con las volutas que suelen hacer poemas sin que nadie les diga.
No sabía cómo, con qué argumentos sostener la última tarde que pensaba escribirle.
Que no se haga silencio por favor, es lo único que pedía mirando al cielo y al piso, frotándose las manos. Buscando algún movimiento que lo detenga un rato, más.
Lo que está debajo de la piel si no se escribe se vuelve grito.
Nunca había conocido una mujer con tanta luz blanca.
Después de haber estado cuatro años en el Uruguay volvió a la Argentina. Con otra cara y otro nombre y con esa esa mujer que en unos minutos saldría del baño vestida de blanco impecable y con una toalla en la cabeza, que sin saberlo ella le había llenado cada hueco del infierno que él había dejado en los campos de detención de los pedazos de hombres que estaban en las cuevas de la dictadura.
Años juntos con la mujer de luz fueron de amor y de lucha-típica y doméstica- en dónde hubo secretos, códigos, felices claves en los ojos incapaces de leerse desde afuera.
Nunca se animó a decírselo a la mujer de luz blanca. Parecía esos hombres que porque sí se sientan en algún banco de plaza a conversar con un anciano.

La única condición que puso para entregarse era que jamás la mujer de luz blanca supiera nada. Entonces decidió no escribirle.
Golpeó la puerta del baño y ella se asomó con una bata impecable y otra toalla blanca también en la cabeza que asomó por la puerta a medio abrir.
- ¿Que? dijo suavemente-
- Sacate la toalla del pelo.
-¿Por?
- Me gusta verte el pelo mojado.
-Ya salgo.
- No, un segundo, ahora, estaba por escribir algo y antes quería verte el pelo.
-Bueno, sonrió y un pelo enredado y húmedo largó sonrió con ella.
- No te apures, ya tengo la imagen que quiero. Ella cerró la puerta con una risa franca que apenas se oyó.
Se dirigió a la puerta de la salida, sintió su trasero húmedo junto a una escuálida sensación de emociones. Ofrenda de consuelo tal vez.
Afuera en un auto lo esperaban tres sobrevivientes de algún pozo negro, de esos en dónde él mismo había cortado la muerte en pedacitos, en dónde más de una vez le pidieron al menos un minuto de respiro antes de que expirar sea la última palabra. La justicia esta vez iba a ser decidida por los que no la tuvieron.
El auto arrancó despacio y silencioso y ya ni siquiera pudo apoyar la cara contra el vidrio, el golpazo aplastó su nariz contra un plástico que empezaba a entibiarse por las primeras gotas de sangre.
Cuándo ella saliera del baño terminaría la última tarde. Nunca sabría la mujer de luz blanca que se entregó a la gente que él tuvo en cautiverio , mientras el pelo empezaba a humedecerse desapareciendo lo último que los ojos le escribieron, inocentemente se sentó al sol que empezó a secarlo en silencio.
MERCEDES SAENZ

miércoles, 1 de septiembre de 2010

EL ÚNICO VOS, EL DE ESOS OJOS






01 septiembre 2010
POEMA PARA EL ÚNICO VOS, EL DE ESOS OJOS

EL ÚNICO VOS, EL DE ESOS OJOS

Los ojos negros se hunden en mí y suelen prenderse con la ternura de una lámpara de aceite tibio titilando bordes de oscuridades, símbolos de derrumbar muros cuándo soy vulnerable a cualquier hora que empieza el alba. Los ojos negros me llevaban por el mundo, por los indios, por los moros, por esa redondez dónde no hay límite de color en la pupilas.
Pero los tuyos son el azul bruto del mar más embravecido y el último celeste de la tarde antes de que se acabe el cielo, antes de girar sobre mis latidos cómo una noria incansable curando mis heridas.
Esa delicia de encontrarme en tu mirada que me hacen volver con la sed de mi propio sudario a empaparme con sólo el rumor del agua tuya.
Esos que me hacen una vez más despertarme con vos y hacer un poema acostado por saber que el sabor del pan sigue siendo el mismo.
Ojos azules, una mañana de estas salpicaré con besos algunos trazos negros detrás de tus pestañas y creeré entonces que estoy dando la vuelta al mundo. Al tuyo y al mío, amor.
Mercedes Sáenz

sábado, 28 de agosto de 2010

SIETE OJOS EN SU LUNA







SIETE OJOS EN SU LUNA




El jardín dormía el pasto blanco de frío. Especula la luz como un viejo trapo sacando lustre apenas por arriba. Hace rato las paredes de la casa hicieron silencio para las hormigas mientras crece verde entre baldosas.
Puntas de pie para mirarse los dientes y el pelo que mucha falta no hace peinarlo. Ignora al perro que atraviesa y deja nomás la puerta abierta. Sale con pantuflas de conejo más grandes que el empeine y envuelve las manos en el camisón. Los ojos algo cansados de mantenerse despierta. A los cuatro años todavía se duerme cuándo se tiene sueño pero no esta noche.
La luna se veía y se paró sobre una silla tropezando un poco con las bocas del conejo. Corrió el pelo para atrás pintando una delicia de coqueteo sin saber. Perfil de niña mirando hacia arriba las velas prendidas tan liviana cómo las sobras huéspedes de esa noche. Ningún contorno quería escapatoria.
Los nombres modernos suenan suaves y se llamaba Abril. Pero así se llamaba.
Bajó a la silla en un sólo movimiento de pincel sin tocar el suelo. Sacó del bolsillo dos tacitas que prolongan besos del color de los corales, dos cucharas chiquititas y en un plato puso dos pancitos de su marca preferida. Los tapó con las manos escondiendo su timidez última
- No los hice yo Luna. ¿Cómo está tu ojo? ¿Te creció un poquito? ¿Cuánto falta? ¿Duele que te crezca un ojo?
La luna mira.
- En el cole nos dijeron que ahí no hay viento. No importa si no tenés pestañas. Pero no me creen que te vi crecer los ojos. Ya conté siete ¿todos miran para este lado? ¿Por qué hace rato que tenés uno suelto? ¿No usas de a dos para ver cómo nosotros?
La luna mira.
Un grito envasado por este siglo de la psicología se oyó desde adentro.
- Estoy tomando el té, mamá. A esta hora ella toma el té y le está creciendo un ojo! No tengo frío! Ya entro. Vos cuándo estás tomando el té no te levantas por nada. Ya entro.
Bajó de la silla obedeciendo a los conejos.
- Te dejo el té y te miro por la ventana luna. No lluevas hasta mañana. ¿La noche que no te vi, no te habrán sacado uno? Y se fue para adentro.
Y la luna mira lo que ve en los contornos de una sola escapatoria.
Mercedes Sáenz

jueves, 26 de agosto de 2010

POEMA DE MIRARTE

POEMA DE MIRARTE 

 El vino busca en la boca inclinada un beso de vidrio color ébano.
 no recuerda el verso 
confunde las lunas
los pies no alcanzan la rueca. 
la ira no es ya tormenta brutal queriendo verse cómo el hombre que –yo- sigo viendo.
un estilete blando marcó los hilos en el tapiz de su cara 
dibujó su tierra 
en dónde palidecen sus dioses oscuros 
en una blancura desmedida. 
Será su último día. 
No existirá mañana. 
Y yo lo miro… 
tiemblo, también en mi copa -creo que quiso mirar allí sus propios latidos- 
me pidió que no lo toque hasta que la muerte lo toque primero. 

 Mercedes Sáenz

domingo, 31 de enero de 2010

ESA VOZ SILENCIOSA






ESA VOZ SILENCIOSA



Quedó a un costado. La línea de su dibujo pareció no haber cambiado cuando llegó conteniendo algunos troncos apretados. Limitaba el espacio con algo de prepotencia. Los pedazos de quebracho colorado, sueltos en su interior, muertos antes de morir de nuevo queriendo escapar seguramente. Mis manos los atrapan, ¿los liberaban? para convertirlos en fuego.
Me miró en silencio largo rato y nunca entendí porque esa debilidad de láminas cruzadas de madera con alambre tenían por un segundo algo parecido a mi piedad. Lo llevé al fondo de las penitencias, al último cuarto dónde queda en suspenso cualquier destino de objetos que parecen inciertos. Ese lugar hace que el imprevisto de algún día les de la posibilidad de convertirlos en un instrumento oportuno o útil.
Intruso en la oscuridad. Los débiles y la fuerza gravitan tanto en cualquier pedazo del día. Lo paré delante de mi esperando en el absurdo un respuesta ante esa fuerza insostenible, casi vanidosa de ostentar fragilidad.
Era un simple cajón de madera, tumba rodante de miserias, corral de basuras, esqueleto portador de alguna necesidad. Y yo tenía el fuego prendido. Y ese mismo fuego que no postergó la paciencia del hombre para aprender, que se hace tibio o arrasador. El mismo que convertía en santos a los pensadores en una parte de la tierra. Hombres y mujeres de fuego devorados por los palos encendidos. El fuego que cuando se tiene en el pecho gravita en cualquier parte del día. Y lo abracé. Lo barnicé de capas color tierra para que nunca muera. Y me mira, vacío, sin comprender.
Mercedes Sáenz